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viernes, 7 de marzo de 2014

¿Ya está todo dicho?: Las rupturas de la tradición en las artes y la cultura contemporánea

"Aceptemos la evidencia de que Picasso, el artista más rupturista, el más revolucionario del siglo XX, quiso que su obra entera fuese el aparato crítico que comprende sus notas al pie del texto del catálogo de la tradición. Y no cabe la sospecha de una paradoja, sino la certeza de una coherencia, lo hemos visto: sólo es concebible la ruptura a la luz de la tradición”. Esta afirmación aparece en las páginas finales del libro Continuidad y ruptura. Una gramática de la tradición en la cultura contemporánea (1), del crítico literario y profesor  Javier Aparicio Maydeu  (Barcelona, 1964), y a pesar de ser enunciada  como una conclusión es, en realidad, como todo el ensayo, un indicio de la complejidad de los asuntos que aborda. 

A continuación,  el autor se extiende en este ejemplo: “A Francis Bacon le gustaba de Picasso que fuera de los artistas que inventaban, que desmontaban, pero valoró asimismo su estrecha vinculación con los maestros antiguos, esto es, con la tradición artística, y al fin y al cabo sus obsesivas variaciones sobre el cuadro de Inocencio X de Velázquez coinciden con las que en 1957 llevó a cabo Picasso con Las Meninas. En la medida en que Picasso se mueve entre continuidad y ruptura, entre recuperación e invención, alcanza a ser un ejemplo significativo de la postura del arte a lo largo del siglo XX, reconociendo el canon, de un lado, y de otro ensanchando el horizonte del arte”. 


DIEGO VELÁZQUEZ
Las Meninas.1656.

PABLO PICASSO
 Las Meninas. 1957.
 Uno de los 58 cuadros en los que el pintor malagueño
reinterpretó el original de Velázquez

DIEGO VELÁZQUZ
Retrato de Inocencio X. 1650.

FRANCIS BACON
Uno de los 40 estudios del pintor angloirlandés
 sobre el  Inocencio X de Velázquez. 1949.


El libro tiene una original estructura de manual y un copioso repertorio de referencias de artistas y críticos que han reflexionado sobre este asunto –la continuidad y la ruptura con la tradición occidental-- engañosamente familiar, y permite al lector, en no muchas páginas, avanzar en una u otra dirección de las numerosas abiertas  en el texto.  Con el objetivo, dice Aparicio,  de “esclarecer el concepto de tradición y su omnipresencia en el discurso creativo y crítico del siglo más transgresor, el siglo pasado, objetivo primordial de este estudio”, en el que “he querido tratar de cartografiar un terreno demasiado vasto, demasiado abrupto y laberíntico por el que antes o después acabamos transitando”, ofreciendo “un mapa imperfecto”  y confiando en que el lector “lo enmiende y lo complete”. 


JAVIER APARICIO MAYDEU
Portada del libro Continuidad y ruptura. La cubierta está ilustrada
con el cuadro de Artemisa Gentileschi Susana y los viejos (hacia 1610).

La propuesta resulta muy fértil y ofrece, entre otras cosas: un recorrido desde las nociones de la originalidad del genio, el progreso artístico y otros mitos modernos hasta la idea de la re-creación permanente; una indagación sobre cómo funciona la alternancia  entre continuidad y ruptura, a veces alimentándose mutuamente en una cierta idea de tradición;  una aproximación a la entelequia de la originalidad en la creación artística, mediante la observación de cinco casos (las artes plásticas, la ficción narrativa, la música contemporánea, la arquitectura y el cine, este último apenas enunciado). Y una sala de exposiciones imaginaria en la que el autor enumera muchos ejemplos de la citada relación y connivencia, una suerte de catálogo sincrónico, ya que la sucesión cronológica de las obras no es el factor determinante. 

Aparicio, profesor de Literatura española y Literatura comparada en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y autor de los ensayos Lecturas de ficción contemporánea: de Kafka a Ishiguro y El desguace de la tradición, se apoya en este nuevo libro en un amplio repertorio de citas que son la materia misma de su trabajo, articuladas con una gran capacidad de síntesis y un sutil subrayado de sus puntos de vista.

No se trata sólo de comprobar que Bach está en Bartók, Van der Weyden en Bill Viola o Palladio en Le Corbusier sino de indagar en el complicado mecanismo por el cual, no de manera lineal sino a través de desplazamientos elípticos o laterales, el canon de la tradición de cada época estimula o bloquea la creatividad de los artistas, y también, con su agotamiento, fuerza la necesidad de la ruptura con lo establecido, sea ésta estilística, conceptual y se manifieste por algunos de los procedimientos que hoy mismo siguen operando en el campo cultural: evocación, imitación, plagio, traducción, interpretación o recreación, entre otros. Partiendo de la base de que el término provocar incluye la actitud de evocar algo (Joseph Beuys), es decir requiere un conocimiento de la tradición a la que se contesta para forzar un pensamiento original. 

FRANCISCO DE GOYA
Perro semihundido. 1819-23.

ANTONIO SAURA
 El perro de Goya. 1972.

RENÉ MAGRITTE
The Ready Made Bouquet. 1956. Inserción irónica de una de las mujeres
de La primavera de Botticelli
MARCEL DUCHAMP
 Alteración lúdica de La Gioconda de Leonardo. 1919.

En los prolegómenos de su libro, Aparicio describe así este proceso: “La imagen correcta no es la de la tradición perseguida por un artista como una ninfa se ve perseguida por un sátiro, sino la del artista perseguido por la tradición incluso cuando el primero pretende prescindir de la segunda o ignorarla, pues la presencia de la tradición es condición ingénita de todo acto creativo, estando el creador encadenado a ella como un nuevo Prometeo”.  Además de consignar los enfoque de relevantes ensayistas –de Adorno y Benjamin a Gadamer, de Steiner a Bloom— Continuidad y ruptura ofrece un amplio muestrario de cómo han visto los propios artistas estos problemas, desde Borges o Balthus (“Todo está en todo, el arte sin memoria no existe”) hasta Canetti , Octavio Paz (“Lo moderno es una tradición; una tradición hecha de interrupciones y en la que cada ruptura es un comienzo”) o Juan Benet  (“Toda originalidad es por esencia relativa”). 

Steiner subraya que la cronología histórica y las nuevas aportaciones técnicas “no convierten en obsoleto a un clásico”. “Observemos”, dice, “la extrema flexibilidad de los usos de la duración en la estética. Mann, Joyce, Pound o Stravinsky pueden `inventar hacia atrás´. Como muchos de sus precursores pueden ser deliberadamente arcaizantes tanto en la elección de los medios como en su utilización. Los artistas, los escritores, los compositores contraponen la modernidad de medios técnicos con el renacimiento del arquetipo lejano”. 


FRANK LLOYD WEIGHT.
Museo Guggenheim. Nueva York, 1959.
Forma de pirámide invertida que el arquitecto estudió en construcciones de la civilización maya.

IEOH MING PEI
Pirámide del Museo del Louvre. 1989.
Vuelta a la forma piramidal, alusión irónica al Antiguo Egipto.

Aparicio recuerda que en la trayectoria del arte occidental hay períodos de continuidad prolongada (segunda mitad del siglo XIX y la hegemonía del realismo mimético) y períodos de ruptura constante (sucesión de vanguardias de 1900 a 1950), siendo alta la frecuencia de nuevas rupturas en las primeras tres décadas del siglo XX y baja en los últimos veinte años (de 1990 a 2010). Y al preguntarse cuánto tiempo debe pasar para que la innovación ejerza su influencia señala que,  “desde una perspectiva social o canónica, dependerá del talante más o menos conservador del mercado o del crítico de que se trate”.

La feria de Arte Contemporáneo (ARCO), que desde hace más de tres décadas se celebra anualmente en Madrid, y que acaba de cerrar su 33ª edición, sirve de termómetro en este sentido. El cubismo, el surrealismo, el constructivismo, es decir, gran parte de las “vanguardias” de comienzos del siglo XX que ya son “históricas” han tenido siempre en la feria una presencia considerable y, al margen de cuestiones de mercado, sirvieron como factor de continuidad, como una suerte de piso o lecho estético que coexiste con las obras de las décadas posteriores y las actuales, fruto de mayor diversidad de materiales y de una aparentemente voluntaria indeterminación.

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Dos referencias a la tradición musical en obras del siglo XX

Pierre Boulez. Segunda sonata para piano. 1948.  Primer movimiento, en el que se cita la Sonata para piano Nº 28 de Beethoven. Intérprete: Maurizio Pollini (1978):



Luigi Nono. Variazioni Canoniche sulla serie dell´op. 41 de Arnold Schoenberg. 1950.:





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Tras exhibir su recorrido inacabado, el libro Continuidad y ruptura finaliza con unas referencias a la actual reconversión de los medios tecnológicos y su relación con los arcanos artísticos. “Todo resulta más complejo de lo que en apariencia pudiera pensarse”, sentencia el autor:  “La tradición es un catálogo de antinomias y anonimatos, de pretéritos (im)perfectos, presentes continuos y futuros ya pretéritos, de precursores ancestrales, insurrectos obsoletos, genios intrascendentes y epígonos innovadores, y también la gramática de la tradición es una gramática parda”. 

(Los cuadros y fragmentos musicales que ilustran hasta aquí esta crónica son algunos de los ejemplos citados en el libro de Aparicio)

Béla Bartók, Bill Viola, Colección Jozami
    
    Algunos de los temas tratados en el libro guardan relación con tres exposiciones, una reciente (en París) y otras dos que se pueden ver actualmente en Madrid. La primera es una preciosa y pequeña muestra ofrecida por el Musée d´Orsay entre octubre pasado y enero de este año: Allegro barbaro: Béla Bartók y la modernidad húngara (1905-1920) (2). Las dos restantes: Bill Viola [en diálogo], cuatro vídeoinstalaciones del artista neoyorkino intercaladas en las salas de maestros antiguos del Museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid (3), y Entre tiempos…Presencias de la Colección Jozami en el Museo Lázaro Galdiano, una amplia selección obras de arte moderno y contemporáneo distribuidas en las salas de arte clásico del tradicional recinto madrileño (4).

Canto popular. La exposición Allegro barbaro rescata las relaciones entre la obra de varios pintores húngaros contemporáneos del gran compositor y pianista, para mostrar, “cien años más tarde, la riqueza del diálogo entre las artes que caracteriza a la Hungría de los albores del siglo XX”. Los cuadros expuestos son magníficos, pero el interés especial de la muestra, desde el punto de vista musical,  es que en su recorrido hay pequeñas islas, escalas, para escuchar fragmentos de las obras de Bartók, seguidas con criterio cronológico. 


BÉLA BARTÓK
Una imagen de 1927

La más relevante –a los efectos de la relación continuidad/ruptura con la tradición -- tiene que ver con la recuperación que el compositor hizo de los cantos populares húngaros y su trasposición musical a obras propias para piano. Muy pocas veces se puede oír en directo algo de lo que oyó y grabó Bartók como fuente inspiradora de las obra de su primera etapa compositiva y, a continuación,  lo que él hizo con esas canciones. Los fragmentos son breves pero emocionantes,  ya que permiten retroceder al momento original e imaginar el encuentro entre esas manifestaciones de la cultura popular centroeuropea y uno de los músicos más grandes del siglo XX. En 1904 Bartók se propuso “recoger los más hermosos cantos populares húngaros” y realizó desde entonces una amplia investigación y estudio de la música folklórica no sólo húngara sino de varias regiones de la Europa central y de sitios distantes como Argelia y Anatolia, que le permitieron insuflar a su música una nueva vitalidad y ensayar combinaciones armónicas. 

El título de la muestra, Allegro barbaro, remite a la célebre pieza para piano compuesta por el músico en 1911, pero en la exposición se incluyeron fragmentos de las obras de Bartók posteriores a los años de su amplia investigación etnomusical, una labor que él mismo definió así, en medio de las turbulencias bélicas del imperio austrohúngaro: “Mi verdadera idea central, la que me posee enteramente, es la de la fraternidad entre los pueblos. Esta es la idea que, en la medida en que mis fuerzas me lo permitan, trato de servir con mis obras”. Y además: “Los días más hermosos de mi vida han sido los que pasé en los pueblos en compañía de los campesinos. Placer de los oídos, placer de los ojos”. El escritor y periodista húngaro Ferenc Fejtó describió de esta manera esa relación: “Amaba a los campesinos cuyos cantos registraba. Ellos le han retribuido ese amor. Bartók estaba feliz de descubrir en su compañía un sistema comunitario en vías de desaparición. Ellos le han dado la materia prima, la materia temática que inspirará toda su obra. Amaba la naturalidad de esos hombres, su ingenuidad. Él mismo, de una sensibilidad tan refinada, ¿no era naif? Zoltán Kodály dirá con razón: Es la comunión  enteramente personal de una ingenuidad primitiva y de la más alta cultura lo que convierte en única la individualidad musical de Bartók.” (5)
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Fragmentos musicales de Béla Bartók:

Quince canciones campesinas húngaras. 1914-1918.
Intérprete, Sviatoslav Richter:
Seis danzas folklóricas rumanas. 1911.
Intérprete: Andras Schiff

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Pintura en movimiento.   Las videoinstalaciones del artista norteamericano Bill Viola (Queens, 1951) son ya una referencia de este joven lenguaje que aúna los saberes  clásicos del tratamiento de la imagen con las modalidades teatrales de la representación corporal. El dominio técnico de Bill Viola es sorprendente y su estilo va teniendo numerosos epígonos. Su mundo singular, sin embargo, está impregnado de clasisimo y de una voluntad de integrar sus obras a referentes en la tradición, que aquí funciona como estímulo; su nuevo lenguaje es deudor explícito, entre otros, de los grandes maestros de la pintura (como revela la exposición The Passions, de 2003).

“Siempre he sentido que las pinturas tienen movimiento y, sin duda, capturan el tiempo. Se pueden pasar dos minutos o dos horas ante una pintura (o cualquier obra de arte) y siempre cambiará. Yo no intenté poner en movimiento una pintura. Cuando me siento inspirado por un cuadro o algo que he leído, eso resuena dentro de mí profundamente. Eso puede provocar una imagen en mi interior o también una idea para una nueva obra”, ha declarado el artista en Madrid.


DOLOROSA (2000)

EL QUINTETO DE LOS SILENCIOSOS (2000)

Nada más natural, en consecuencia, que integrar temporalmente cuatro de sus obras – The Quintet of the Silent (2000), Dolorosa (2000) Silent Mountain (2001) y Surrender (2001)--  en salas de la Academia de Bellas Artes madrileña que exhiben valiosas pinturas españolas de José de Ribera, Alonso Cano, Zurbarán, El Greco o Goya. Nada más natural y, al mismo tiempo, más artificial, y en ese sentido estimulante. El título de la muestra Bill Viola [en diálogo] refleja una aspiración y resulta equívoco ya que a veces la proximidad de las obras refuerza el peso específico de cada una. Son los espectadores los que pueden establecer relaciones y sentir proximidad a uno u otro lenguaje, en una experiencia de observación movilizadora. Rebatir los usos de la pintura canónica mediante nuevos procedimientos técnicos y a varios siglos de distancia  puede resultar una insensatez (no es el caso de Viola), pero medirse con ella, respetándola, puede ser abrumador, incluso para un artista tan inspirado como el estadounidense.

Para ir estimulando una mirada más abierta la experiencia tiene su interés, y no debería desanimar su fracaso parcial. El público que va a la Academia, ya se sabe, va mayoritariamente a ver tesoros de manera casi reverencial, va a ver a Goya o Zurbarán. En general, pasa rápidamente delante de las videoinstalaciones de Viola que, entre otras cosas, requieren un tiempo psicológico, y también cronológico, suficiente para advertir en su extremada morosidad de movimientos los pliegues de su arte. El público que va a ver allí como novedad las obras del norteamericano porque ya sabe de su existencia, o las admira, tiene probablemente más posibilidades de casar ambos mundos de manera provechosa.

Esta exposición ha coincidido con el montaje de la ópera Tristán e Isolda, de Richard Wagner, en el Teatro Real de Madrid (6), una producción estrenada en París en 2005. En ella tienen un papel muy importante los vídeos de Bill Viola que, reflejados a gran tamaño sobre el desarrollo de las escenas, acompañan los tres actos de esta absoluta obra maestra musical en sus casi cuatro horas de duración.



TRISTÁN  E ISOLDA
Tres momentos de la ópera con los vídeos de Bill Viola

En lo que atañe sólo al papel de la obra de Viola en esta versión, su máximo pecado hubiera sido interferir en el desarrollo de la música y distraer de su escucha sin enriquecerla y rompiendo el equilibrio general. Ocurre pocas veces, sobre todo en algunas secuencias en las que aparecen muy perfilados los costados naturalistas de las imágenes. Unas imágenes siempre muy elaboradas. Viola logra sin embargo algunas escenas bellísimas en todo el desarrollo de la obra y son las más abstractas aquellas que alcanzan una mayor compenetración con la ceñida e inspirada dirección de escena de su compatriota Peter Sellars. Al tratarse, muy especialmente en Wagner, del fluir ininterrumpido de la música, el desafío para Viola era, además de crear un mundo paralelo a la representación, conseguir un efecto de armonía con sus imágenes, que también fluyen sin interrupción, y en bastantes momentos de la ópera lo ha logrado.

Percibir todo arte como contemporáneo. La colección iniciada hace 35 años por el empresario argentino Aníbal Jozami, rector de la universidad bonaerense de Tres de Febrero, y acrecentada posteriormente junto con su esposa Marlise Ilhesca, reúne una muestra amplia y diversa de obras de arte moderno centrada en artistas latinoamericanos. Merecería una exposición por sí sola, pero  en este caso, una selección de la misma integra la experiencia Entre tiempos..., un tipo de muestra iniciada hace unos años por la Fundación Lázaro Galdiano y que consiste en intercalar en la colección de arte clásico reunida por el editor español (1862-1947) obras del siglo XX procedentes de otras colecciones. 


AMANDA (2005)
Fotografía (al centro) retocada a mano de Marcos López (1958),
de la serie `Sub-realismo criollo´.

COLLECTION AUTOMNE/ HIVER, BELINDA (2003)
Fotografía de Nicole Tran Ba Vang (1978).
La piel como sustituto de la tela, en la sala de textiles del Lázaro Galdiano.

MONUMENT (1987)
27 fotos, 9 lámparas, cables,  en la obra de Christian Boltanski (1944),
un retablo laico al  lado de una  escultura religiosa.

La primera fue ¿Qué hace esto aquí?, que reunía obras de pintores españoles y europeos contemporáneos de la Colección Leandro Navarro confrontadas con los fondos seculares propios del museo, y que desde la ironía de su título buscaba potenciar el efecto de extrañamiento producido al cotejar artistas, estilos y materiales de siglos diferentes. En el caso de Entre tiempos... las posibilidades de potenciar una mirada diferente se acrecientan porque --además del sello personal que todo coleccionista imprime a sus elecciones-- opera en estas obras un imaginario americano, lo que aporta un sesgo diferencial mayor con la colección de arte clásico europeo reunida a finales del XIX por Lázaro Galdiano.


ANTE TODO CUIDÁ LA ROPA (Y QUE DIOS TE CUIDE EL CULO) (1993)
Escultura de resina nacarada de Pablo Suárez (1937-2006).
Precaución paródica en un ambiente severo.

GRANDE PÁSSARO SOLITÁRIO (1958)
Tapiz de Genaro Antònio Dantas de Carvalho (1926-1971),
al lado de una casulla de la Colección Lázaro Galdiano.

"LAS FIGURACIONES Y SUS LIMITES"
Sala excusivamente dedicada a obras de artistas del Cono Sur:
Berni, Xul Solar, Figari, Kuitca, Torres García, Hlito, entre otros.

La colección del museo no cambia de lugar, de manera que las obras visitantes están no sólo estilísticamente sino físicamente intercaladas en las tres plantas del edificio madrileño de comienzos del siglo XX que las alberga. La intervención es cuidadosa --otra vez la dinámica continuidad-ruptura-- pero busca potenciar contrastes, alusiones, citas, de muy diverso orden. Algunas veces ese efecto se logra, otras veces está soportado por la teoría, ya que este tipo de iniciativas suele estar acompañada de una copiosa conceptualización. Las obras, sin embargo, finalmente se imponen: algunas dialogan, otras no quieren dialogar.

La calidad de lo expuesto es sostenida y persigue instalar la experiencia como un "espacio de pensamiento". La comisaria de Entre tiempos..., Diana Wechsler, directora del Instituto de Investigaciones en Arte y Cultura de la Universidad Tres de Febrero, lo resume de esta manera: "Se trata de un ejercicio provocador desde el que se buscó --aunque sea por un instante-- interrumpir la lógica histórica y percibir todo arte como contemporáneo. Sin embargo, podría replicarse ¿es que es posible ver de otra manera? ¿Es posible ver --incluso el arte del pasado más lejano-- con una mirada que no sea la contemporánea? Creemos que no, que es esa mirada la que nos define; por lo tanto, es ella la que habilita estos juegos anacrónicos propuestos en cada sala".


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(1) Continuidad y ruptura. Una gramática de la tradición en la cultura contemporánea, de Javier Aparicio Maydeu.  Alianza editorial. Libro de bolsillo, 212 páginas. Madrid, 2013.

(2) Allegro barbaro, Béla Bartók et la modernité hongroise 1905-1920. Musée d´Orsay. Exposición comisariada por la conservadora del museo Claire Bernardi y los historiadores del arte Gergely  Barki y Zoltán Rockenbauer. París, del 15 de octubre de 2013 al 5 de enero de 2014.

Musée d´Orsay:
(3 ) Bill Viola [en diálogo], cuatro videoinstalaciones en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.  Madrid, del 11 de enero al 30 de marzo de 2014.

Museo de la Academia de Bellas Artes:
(4) Entre tiempos. Presencias de la Colección Jozami en el Museo Lázaro Galdiano. Una amplia selección de obras de artistas argentinos y de otros países latinoamericanos, que integran la colección de Aníbal Yazbeck Jozami y Marlise Ilhesca. Comisaria: Diana Wechsler. Madrid, del 7 de febrero al 12 de mayo de 2014.

(5) Prefacio de Ferenc  Fejtó  al libro Béla Bartók. Eléments d´ un autoportrait. Textos reunidos por el compositor y musicólogo Jean Gergely. Presses Universitaires de France, 1995.

(6) Tristan und Isolde, de Ricard Wagner. Teatro Real de Madrid. Ocho representaciones entre enero y febrero de 2014. Director musical: Marc Piollet. Director de escena: Peter Sellars. Videoartista: Bill Viola. Director del coro: Andrés Máspero. Tristan: Robert Dean Smith. Isolde: Violeta Urmana.




Citas (I): Giuseppe Ungaretti, Tomás Segovia


ANTOLOGÍA
Giuseppe Ungaretti (Alejandría, 1888 - Milán,  1970)


Lago luna alba noche

Gráciles breñas, ceño
de escondido susurro…
Rencor palidecido cae en ruinas…
Un hombre, solo, pasa
con su espanto callado…
¡Cuenca luciente,
transportas hacia las bocas del sol!
Vuelves colmada de reflejos, alma,
y encuentras sonriente
lo oscuro…
Tiempo, temblor fugitivo…
(1927)


Abril

Hoy es la vez primera
que puede abrir los ojos
el adolescente.
¿Vacilas, sol?
Con ansia esquiva la vendas de afanes.
(1925)


Fin

¿Cree en sí y en la verdad quien desespera?
(1925)


Eco

Desde arenas lunares vas descalza,
aurora, amor festivo, y con un eco
pueblas el universo desterrado
y dejas en la carne de los días,
perenne rastro, una llaga velada.
(1927)


Sombra

Hombre que esperas sin encontrar paz,
sombra cansada en la luz polvorienta
el último calor se irá marchitando
y errarás indistinto…
(1927)


La madre

Y el corazón cuando haya hecho caer
con un final latido el muro umbrío,
para llevarme, Madre, hasta el Señor,
igual que entonces me darás la mano.

De hinojos, decidida,
serás como una estatua ante el Eterno,
como solía verte
cuando aún estabas viva.

Alzarás temblando los viejos brazos,
como cuando expiraste
diciendo: Dios mío, aquí estoy.

Y sólo cuando me haya perdonado,
te darán ganas de mirarme.

Recordarás que me esperaste tanto,
y un rápido suspiro habrá en tus ojos.
(1930)


Sentimiento del tiempo

Y por la justa luz,
cayendo sólo una sombra violeta
sobre la cumbre menos alta,
la lejanía abierta a la mesura,
cada latido mío, como el corazón suele,
pero ahora lo escucho,
te apremia, tiempo, a ponerme en los labios
tus labios últimos.
(1931)

(Del libro Sentimiento del tiempo, traducido por el poeta español Tomás Segovia).




FRASEO
Tomás Segovia (Valencia, 1927- Ciudad de México, 2011)

“Desde el primer momento, la poesía de Ungaretti produjo la impresión de una desnudez y de una concisión extrema. Para algunos, incluso, excesiva. Estos últimos son los que empezaron a hablar en seguida de `hermetismo´ y de `preciosismo´. Se comprende mal cómo una poesía puede ser al mismo tiempo desnuda y hermética, concisa y preciosista; pero éstas son las reacciones que se producen siempre que un poeta se decide a expresarse con el máximo de fidelidad (…).

“Pero a partir de Sentimiento del tiempo, y aun antes, Ungaretti, después de haber desmontado de este modo el verso italiano, se dedica a reconstruirlo, a volver a buscar los ritmos tradicionales, el ritmo endecasílabo y el heptasílabo principalmente, y a enriquecerlos con nuevas variantes y combinaciones. Su poesía de madurez adquiere así una rotundidad que sólo puede compararse con la de los clásicos, y hay en Sentimiento endecasílabos de una limpidez y perfección dignas de Petrarca o de Dante”.

(Del prólogo a la edición bilingüe que agrupa los libros de Ungaretti Sentimiento del tiempo y La tierra prometida). Random House Mondadori. Barcelona, 2006.



Citas (II): Camus periodista

FRASEO


Autocrítica

(Combat, 22 de noviembre de 1944)

"Hagamos un poco de autocrítica. El oficio que consiste en definir todos los días, ante la actualidad, las exigencias del sentido común y de la simple humanidad de espíritu entraña cierto peligro. 

Por querer lo mejor, se dedica uno a juzgar lo peor y a veces lo que sólo está menos bien. En una palabra, uno puede adoptar la actitud sistemática del juez, del maestro de escuela o del profesor de moral. De este oficio, a la jactancia o a la tontería no hay más que un paso.
Esperemos no haberlo dado. Pero no estamos seguros de haber escapado siempre al peligro de dar a entender que creemos tener el privilegio de la clarividencia y la superioridad de los que no se equivocan jamás. No es así, sin embargo. Tenemos el deseo sincero de colaborar en la obra común mediante el ejercicio periódico de ciertas reglas de conciencia de las que la política, nos parece, no ha hecho mucho uso hasta ahora.

Esa es toda nuestra ambición y, por supuesto, si bien marcamos los límites de ciertos pensamientos o acciones políticas, también conocemos los nuestros. Sólo tratamos de salvarlos recurriendo a dos o tres escrúpulos. Pero la actualidad es exigente, y la frontera que separa la moral del moralismo, incierta, y sucede que, por fatiga o por olvido, se la franquea.

¿Cómo escapar a este peligro? Por la ironía. Pero no estamos ¡ay! en tiempos de ironía. Estamos todavía en tiempos de indignación. Sepamos solamente conservar, suceda lo que sucediere, el sentido de lo relativo y todo se salvará.

Ciertamente, no podemos leer sin irritación, al día siguiente de la toma de Metz, y sabiendo lo que ha costado, un reportaje sobre la entrada de Marlene Dietrich en dicha ciudad. Y nos indignamos con razón. Compréndase, sin embargo,  que no pensamos que los diarios deban ser forzosamente aburruidos. Simplemente no creemos que en tiempo de guerra los caprichos de una estrella sean necesariamente más interesantes que el dolor de los pueblos, la sangre de los ejércitos o el esfuerzo encarnizado de una nación para encontrar su verdad.

Todo esto es difícil. La justicia es a la vez una idea y un ardor del alma. Sepamos tomarla en lo que tiene de humano, sin transformarla en esa pasión abstracta que ha mutilado a tantos hombres. La ironía no nos es ajena y no es a nosotros a quienes tomamos en serio, sino a la prueba indecible que sufre este país y a la formidable aventura que hoy es necesario vivir. Esta definición dará al mismo tiempo su medida y su relatividad a nuestro esfuerzo cotidiano.

Nos ha parecido necesario hoy decirnos todo esto y decírselo a la vez a nuestro lectores para que sepan que en todo lo que escribimos, día tras día, no olvidamos el papel de reflexión y de escrupulosidad que tiene que ser el de todo periodista. En una palabra, no olvidamos el esfuerzo de crítica que nos parece necesario en este momento.

Puesto que conquistamos ya los medios para expresarnos, nuestra responsabilidad ante nosotros mismos y el país es total. Lo esencial, y tal es el objeto de este artículo, es que estemos bien advertidos de ello. La tarea de cada uno de nosotros es pensar bien lo que nos proponemos decir, modelar poco a poco el espíritu de nuestro periódico, escribir cuidadosamente, y no perder jamás de vista esta inmensa necesidad de dar al país su voz auténtica. Si logramos que esa voz sea la de la energía y no la del odio; de la altiva objetividad y no de la retórica; de la humanidad más bien que de la mediocridad, entonces mucho se habrá salvado y nosotros no careceremos de mérito".

ALBERT CAMUS (1944)
En la redacción de Combat
(Artículo publicado en Combat,  periódico clandestino francés vinculado a la Resistencia y fundado en 1941 durante la ocupación alemana. Autocrítica se publicó tres meses después de la liberación de París y de que Combat pudiera circular libremente. Camus fue editorialista y director de ese periódico. La versión reproducida aquí pertenece al libro Moral y política, publicado por Editorial Losada en 1978 con traducción de Rafael Aragó, que reúne una selección de escritos de Camus en ese períodico).

miércoles, 12 de febrero de 2014

2014: segunda etapa


Los 26 artículos publicados en la primera etapa de este blog –en 2011 y 2012-- han intentado una aproximación a la obra de los cineastas Roberto Rossellini, Jonas Mekas, Luchino Visconti, Alexander Kluge y Jean-Marie Straub; los artistas plásticos Joaquín Torres García, Emilio Pettoruti, Louise Bourgeois, la abstracción geométrica en América Latina y el arte en la era soviética; los escritores Juan L. Ortiz, David Viñas, Mario Vargas Llosa y Elsa Morante; los fotógrafos Cristina García Rodero y David Goldblatt; el compositor Olivier Messiaen; y los directores teatrales Cristina Banegas, Mauricio Kartun y Rubén Szuchmacher.

En esta segunda etapa, que comienza en febrero de 2014, se añaden a las crónicas habituales, publicadas aproximadamente cada mes, un breve Cuaderno de Citas: textos de poetas (Antología), narradores o ensayistas (Fraseo) y de un libro reciente que plantee cuestiones de interés, elegido al margen de su valoración estrictamente crítica (Librería).


Fotografía en la ciudad: la mirada de Madrid

“El cuerpo ha sido uno de los grandes temas de la fotografía. Podríamos decir que esta nació con una vocación hacia la sexualidad plasmada en el desnudo. No obstante, basta recorrer PhotoEspaña 2013 para apreciar el modo tan diverso en que la fotografía ha tratado el cuerpo humano. El festival indaga en el erotismo, pero también explora la mirada erótica sin cuerpos, dirigida al mundo que nos rodea. En sentido opuesto, muestra la creación fotográfica no erótica cuyo protagonista es el cuerpo humano”. De esta manera presentaba el comisario Gerardo Mosquera la extraordinaria  profusión de imágenes que en junio y julio del año pasado consolidaron a Madrid como uno de los centros de difusión de la fotografía más amplios y variados de Europa. 

Las más de sesenta exposiciones ofrecieron entonces un abanico de propuestas y autores de enorme interés. El diálogo de imágenes entre dos maestros norteamericanos como Edward Weston y Harry Callahan, una notable colección vienesa de la vanguardia feminista de los años setenta, un análisis formal de las estructura del cuerpo del fotógrafo polaco de posguerra Zbigniew Dlubak, una colección del estadounidense Emmet Gowin (retratos de su mujer a lo largo de los años), escritos sobre el cuerpo que rescató Shirin Neshat de una antigua tradición iraní, el cuerpo en la danza y el teatro visto por la madrileña Laura Torrado, una colección de aproximaciones icónicas a la fotografía latinoamericana, el cuerpo como construcción social y campo de la historia personal visto por varios fotógrafos españoles contemporáneos, o un trabajo misterioso con la luz en los autorretratos de la artista lituana Violeta Bubelytè. 











Catalá-Roca. Entre finales de 2013 y enero de este año pudo verse en el Círculo de Bellas Artes una amplia muestra de un fotógrafo clave para la imagen documental española: el catalán Francesc Catalá-Roca (Valls, 1922-Barcelona, 1998). Su trabajo de tres décadas en busca de imágenes que describieran el país estuvo reflejado en una muestra titulada --sin exageración-- Obras maestras. El fotógrafo, siempre alejado de la grandilocuencia, tuvo como misión, recuerda el comisario Chema Conesa, "rescatar, inmovilizar instantes que la misma fotografía convertirá en relevantes. Sin añadir más construcción que la elección del instante y de la óptica”.

Finalizada la retrospectiva, una selección de más de 30 imágenes de este fotógrafo puede verse hasta el 1 de marzo en la tienda y galería de arte madrileña Tiempos Modernos.





William Christenberry. En la Fundación Mapfre, por su parte, una retrospectiva del fotógrafo estadounidense William Christenberry (Tuscaloosa, Alabama, 1936) permitió conocer a finales de 2013, a través de más de 300 imágenes, muchas de ellas de pequeño formato, un mundo narrativo original sobre el gran Sur norteamericano y una experiencia poética intensa acerca de las marcas que el tiempo deja en paisajes y objetos, con la presencia ausente de toda figura humana. Durante años, Christenberry volvió a los escenarios de su infancia, en el condado de Hale, y a partir de ellos desarrolló su vocación artística, utilizando pinturas, dibujos, instalaciones y esculturas (algunas de las cuales acompañaron esta exposición de sus fotografías). Ambientes rurales, mirada íntima, flujo narrativo en series acompañadas de textos precisos y evocadores del propio artista.




Killip y Salgado. En este momento --mitad de febrero de 2014--, entre las varias muestras de fotografía que ofrece la ciudad hay dos centros de interés indudable: uno es la exposición Génesis del brasileño Sebastiâo Salgado en la sede de CaixaForum. La fascinante muestra de Salgado, creador de imágenes de referencia sobre las grandes migraciones del siglo XX, permacerá abierta hasta el 4 de mayo y será tratada en una próxima entrega de este blog. El segundo es la amplia e importante retrospectiva del fotógrafo británico Chris Killip que ofrece el Museo Reina Sofía hasta  24 de febrero y que es analizada en un artículo aparte: Chris Killip, el documentalista de la ausencia.


Chris Killip, el documentalista de la ausencia

El mundo fotografiado por el notable artista británico Chris Killip (Douglas, Isla de Man, 1946), aquel de los astilleros y de las minas de carbón del norte de Inglaterra, de las industrias tradicionales y del trabajo manual, desapareció en menos de dos décadas, aunque en el momento de buscar con pasión esas imágenes, frecuentadas desde su infancia, la ausencia no era previsible de la manera tan veloz y radical como se dio. “He vuelto a esos sitios y lo que había ya no está, es decir que estas fotografías han adquirido un extraño poder testimonial”, comenta Killip, satisfecho porque ahora esos rostros anónimos de  la clase trabajadora británica puedan verse en unas grandes y algo desangeladas salas del Museo Reina Sofía de Madrid, que alberga la retrospectiva Trabajo/ Work dedicada a su obra. (1). “Es muy emotivo ver mi trabajo en este marco precioso, gran parte de los que aparecen en las fotos son gente común, personas que no son homenajeadas generalmente. Estoy interesado en la gente que vive la historia, que no es una historia escrita sino observada. Siempre hay que buscar que se exprese auténticamente lo que está frente a ti”.




El trabajo de Killip (2) , uno de los renovadores de la fotografía de postguerra, se inspira en los fotógrafos que en los años treinta abrieron nuevas vías para la expresión de un mundo social documentado en imágenes y que en los años sesenta se reactivó significativamente en Gran Bretaña. “La fotografía que practico sucede en un lugar y un tiempo específicos y capta momento reales de la vida de las personas. La historia suele escribirse desde la distancia, casi nunca desde el punto de vista de aquellos que la padecieron”, afirma.

Esa especificidad hace que el actual sea un momento muy apropiado para valorar estas imágenes del pasado reciente, señala el ensayista y curador británico David Campany (3), ya que no están tan frescas en la mente de los espectadores ni tan consolidadas como parte de la historia. También esa corta distancia permite asociar, como se ha hecho, el trabajo paciente y solitario de Killip en el norte de Inglaterra con los estragos sociales causados por la era conservadora de Margaret Thatcher. El fotógrafo cree que el asunto es más complejo, entre otras cosas porque el período que abarca su obra –en el museo se exhiben trabajos realizados entre 1968 y 2004— es mucho más amplio, aunque admite ser “el fotógrafo de la desindustrialización de Inglaterra”.

Sin embargo, la ambigüedad de algunas  imágenes hace que estas se independicen de un ámbito referencial preciso y sean sometidas a lecturas diversas. El caso de una fotografía tomada por Killip en 1976, Joven en un muro (Jarrow, Tyneside) resulta paradigmático. Es la imagen, muy ampliada, que anuncia la exposición en el frente del Reina Sofía y ha sido portada de libros del fotógrafo británico. Podría ser la foto de un joven desocupado, víctima de la citada política económica y social. “Pero la he tomado tres años antes de que asumiera Thatcher, cuando el primer ministro era el laborista James Callaghan", aclara Killip. "Se escapa de ti lo que la gente interpreta”.


"JOVEN EN UN MURO"
Jarrow, Tyneside, 1976
En relación con esta foto emblemática, el fotógrafo y curador Gerry Badger subraya que observando el angustiado lenguaje corporal uno puede llegar a la conclusión apresurada de que se trata de un joven que ha esnifado pegamento, aunque se trate de un escolar de ropas raídas, con frío y aburrimiento. El tipo de botas que lleva, agrega Badger, simboliza a un tiempo su agresividad y su vulnerabilidad. Las resonancias más amplias de esta imagen derivan seguramente del hecho de que la fotografía fue tomada en Jarow, el nombre de un lugar emotivo para la historia social de Inglaterra, después de la marcha que en 1936 protagonizaron allí los trabajadores de los astilleros contra el desempleo masivo en el área.





Esta madeja de relaciones se fue tejiendo desde que el joven Christopher David Killip, que dejó la escuela a los 16 años,  se trasladó de la pequeña Isla de Man donde se había criado a Londres, donde fue fotógrafo freelance: “Mis primeros retratos los hice como fotógrafo de playa, trabajando a comisión y diciendo `sonría, por favor’.  El retrato es un hilo que atraviesa y unifica toda mi obra.” Pero la decisión de abandonar los trabajos comerciales para dedicarse enteramente a construir una obra personal independiente se produjo inspirado por grandes fotógrafos documentalistas modernos como August Sander, Walker Evans o Robert Frank, cuyas obras vio en una muestra del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

En 1970, a los 24 años, Killip volvió a la Isla de Man, donde trabajó en el pub de su padre por la noche y durante el día estableció una relación constante con paisajes y pobladores, origen de la visible empatía que trasuntan sus imágenes. En este y otros escenarios, el fotógrafo presenció el formidable cambio producido por el abandono de una industrialización que venía del siglo XIX y había marcado la vida y las costumbres de los trabajadores, que se hallaban en proceso de creciente marginalización. El libro Isla de Man reúne parte de ese trabajo y tuvo una edición limitada en 1973, pero siete años más tarde se publicó acompañado por textos del escritor y crítico de arte británico John Berger. Este libro inicial, de estructura clásica, fue comparado con una gran novela realista.

CHRISTOPHER KILLIP
"En cierto modo me veo a mí mismo como un historiador,
pero no de la palabra".

Procedente de un hogar cuyo padre tenía convicciones de izquierda, Killip se sumó al grupo de jóvenes artistas que, en medio de esta radical transformación, orientaron su lenguaje fotográfico y convirtieron la cámara en instrumento de cambio social. También impulsó esta corriente como colaborador de revistas influyentes como Creative Camera,  comisario de exposiciones en los años setenta y ochenta, y cofundador --y director un tiempo-- de la Side Gallery de Newcastle. En 1988 se publicó su segundo libro, In Flagrant, cuyas imágenes fueron exhibidas en el Victoria and Albert Museum de Londres y en otras ciudades europeas y significó un reconocimiento internacional para Killip. En este caso, siempre conservando la extraordinaria expresividad de sus imágenes, el libro fue asociado a la época de los tres gobiernos de Margaret Thatcher, iniciada en 1979, y que, entre otras cosas, laminó la industria tradicional de Escocia, Gales y el norte de Inglaterra.

Otro de los trabajos que ilustran un cambio de época es el de las fotografías que en 1989 le encargara la empresa Pirelli, y que muchos años más tarde integraron el libro Pirelli Work. El objetivo era retratar a los trabajadores de la fábrica de neumáticos. Killip recuerda ahora las dificultades técnicas que tuvo para hacer estas fotografías en el ambiente de oscuridad en que se hacía esta producción, pero a la vez la colaboración que encontró entre sus modelos, “que estaban orgullosos de su condición de obreros”.


PIRELLI WORK
"Este lugar de trabajo se convirtió, en un modo muy literal para mí,
 en un teatro. Yo registraba la perpetua reescenificación de un ritual forzoso,
con su propia y agotadora melodía, eso que llamamos trabajo".

Más de un centenar de fotografías reunidas para esta exposición, que incluyen las tomadas a los peregrinos de Irlanda a quienes acompañó durante una década hasta 2005,  muestras de distintos aspectos de su obra, no demasiado conocida, reflejan el encadenamiento narrativo de sus series,  y explican la influencia que ha tenido en distintos cultores de la imagen documental. Killip  obtuvo en 1989 el premio internacional de fotografía Henri Cartier Bresson y desde 1991 es profesor en la universidad de Harvard. En la entrevista que en 2012 le realizara Ute Eskildsen, proyectada en una de las salas del Reina Sofía, el fotógrafo británico explica su reticencia inicial frente al mundo de la docencia –que sólo practica en Estados Unidos, donde reside— y las aperturas de criterio que ha encontrado entre sus alumnos, además otras diferencias entre  ese país y su Inglaterra natal.

En un ensayo sobre la obra del fotógrafo (4), Gerry Badger señala que Killip es un “testigo apasionado” al que le interesan la autenticidad de las imágenes y cuya mirada como reportero no se caracteriza por "un voyeurismo autoindulgente” sino por un “imperativo moral”. No es un sociólogo con una cámara, no es un historiador. Es un artista, un poeta. Sus exigencias formales están siempre presentes en la obra del fotógrafo, que encierra un cierto romanticismo, siempre atemperado por el realismo, e incluso por el pesimismo.












Las imágenes del fotógrafo británico --con frecuencia de individuos, a veces de familias, menos de grandes grupos de gente-- no persiguen el documento puro, sino que son una interpretación, una mediación, que puede ser vista como una meditación sobre la comunidad, sobre aquellos que han perdido el sentido de pertenencia a una comunidad, concluye Badger: “Nacemos solos, morimos solos, pero entre tanto, señalan las imágenes de Killip con elocuencia, estamos mejor resistiendo juntos, luchando juntos. Si hay algún tipo de redención en su trabajo no reside tanto en sus cualidades formales sino en esto”.



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1- Museo Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Exposición Trabajo/Work, de Chris Killip. Abierta hasta el 24 de febrero de 2014:

2- Página web de Chistopher Killip:

3- Arbeit / Work (Steidl / Museum Folkwang, 2012), con textos de David Campany y Ute Eskildsen.

4- Chris Killip55 (Phaidon Press, 2001), con texto de Gerry Badger.


Otros libros publicados por el fotógrafo británico:

Isle of Man (Zwemmer, 1980), con texto de John Berger.

In Flagrante (Secker & Warburg, 1988) con textos de John Berger y Sylvia Grant.

Pirelli Work (Steidl, 2006), con texto de Clive Dilnot.

Here Comes Everybody (Thames & Hudson, 2009).

Seacoal (Steidl, 2011).